Recuperar lo dado por perdido (2607-06)

Nada está perdido mientras haya una autoridad dispuesta a tomarlo de la mano y decirle: levántate.

Recuperar lo dado por perdido (2607-06)

Nada está perdido mientras haya una autoridad dispuesta a tomarlo de la mano y decirle: levántate.

Hay en el Perú demasiadas cosas dadas por muertas antes de tiempo. Zonas abandonadas que los planes ya descartaron, poblaciones a las que el Estado dejó de contar, causas que la clase política sepultó por difíciles. La resignación es la enfermedad más grave de un gobierno: cuando el poder deja de creer que algo se puede recuperar, lo condena a la desaparición. Pero el verdadero liderazgo se define precisamente por su negativa a dar nada por perdido.

Recuperar lo que otros abandonaron exige una decisión firme que la mayoría no está dispuesta a tomar, porque es más cómodo administrar lo que funciona que resucitar lo que se dio por caído. Se necesita coraje para ir contra el pronóstico, para insistir donde todos se rindieron, para apostar por el territorio, la institución o la comunidad que ya nadie defendía. Esa decisión firme, esa voluntad de rescate, distingue al estadista del simple gestor de lo inevitable.

El Perú se construye rescatando, no descartando. Cada región olvidada que vuelve a ser prioridad, cada servicio colapsado que se hace renacer, cada ciudadano al que el Estado creía perdido y decide reintegrar, es una victoria sobre la resignación. La grandeza de gobernar no está en administrar la parte sana del país mientras se resigna la enferma: está en la determinación de ir por lo dado por perdido y devolverle la vida.

Levántate: el poder de no rendirse ante lo caído

La política peruana ha aprendido a convivir con sus muertos. Convive con regiones que dejó de atender, con problemas que archivó, con poblaciones que borró de su cálculo. Es una convivencia cómoda: no exige esfuerzo, no arriesga capital político, permite concentrarse en lo que da réditos rápidos. Pero es una convivencia miserable, porque cada cosa dada por perdida es una renuncia del Estado a su razón de ser, que es no abandonar a nadie.

El liderazgo verdadero se planta ante lo caído y pronuncia la palabra más difícil de la política: levántate. No es un gesto retórico; es una decisión que compromete recursos, tiempo, voluntad y prestigio. Significa ir personalmente adonde otros no van, invertir donde otros no invierten, insistir donde el diagnóstico oficial ya firmó el certificado de defunción. Recuperar lo dado por perdido es la forma más alta de gobernar porque es la que más se parece a la justicia.

Y lo notable es que muchas veces lo perdido no estaba muerto, solo dormido, esperando una mano firme que lo tomara y una voluntad que no aceptara el diagnóstico fatal. Cuántas regiones renacieron cuando alguien decidió apostar por ellas. Cuántas instituciones resucitaron cuando un liderazgo se negó a enterrarlas. El Perú está lleno de resurrecciones posibles que solo esperan gobernantes que se atrevan a decir: esto no está perdido, esto se levanta. Porque quien gobierna resignado ya perdió antes de empezar.

LA OTRA CARA

La resignación como política de Estado

El peligro no es que existan zonas o causas difíciles; el peligro es que la resignación se institucionalice y se convierta en política de Estado disfrazada de realismo. Cuando un gobierno decide de antemano qué territorios no vale la pena atender, qué poblaciones son "irrecuperables", qué problemas es mejor no tocar, está firmando sentencias de abandono con lenguaje técnico. Esa resignación administrativa es una de las formas más silenciosas y crueles de la injusticia.

El Perú profundo conoce bien esa sensación de haber sido dado por perdido. Comunidades enteras que perciben, con razón, que el Estado ya las descartó de sus prioridades. Ese abandono no solo empobrece: humilla, porque comunica al ciudadano que no vale el esfuerzo de rescatarlo. Revertir esa resignación no es asistencialismo, es reconstruir el pacto fundamental de que ningún peruano sobra y ningún territorio se abandona. La república se prueba en cómo trata a lo que otros dieron por perdido.

Lo que parece muerto solo duerme

Conviene desconfiar de los diagnósticos fatales que la comodidad política produce con demasiada facilidad. Lo que se declara irrecuperable rara vez lo es de verdad; más a menudo es simplemente lo que nadie quiso el trabajo de recuperar. Detrás de cada "no hay nada que hacer" suele esconderse un "no quiero hacerlo". El estadista aprende a distinguir lo verdaderamente muerto de lo meramente dormido, y a apostar por el segundo.

El Perú que viene necesita gobernantes con esa mirada, capaces de ver vida donde otros firmaron el acta de defunción. Hace falta la terquedad noble de insistir, de volver a intentar, de negarse a aceptar que algo esté perdido solo porque es difícil. Porque la historia la escriben, al final, los que se negaron a rendirse ante lo caído y tuvieron la audacia de tomarlo de la mano y ordenarle, con decisión firme, que se levantara.

AFORISMOS

  1. Nada está perdido mientras haya una autoridad dispuesta a tomarlo de la mano y decirle: levántate. — JFT
  2. La resignación es la enfermedad más grave de un gobierno: cuando el poder deja de creer, condena a la desaparición. — JFT
  3. Detrás de cada "no hay nada que hacer" suele esconderse un "no quiero hacerlo". — JFT
  4. Quien gobierna resignado ya perdió antes de empezar. — JFT
  5. La república se prueba en cómo trata a lo que otros dieron por perdido. — JFT

PROPUESTAS

  1. Crear un Plan Nacional de Recuperación de Territorios Postergados que priorice inversión pública en las zonas que los índices oficiales ya descartaron.
  2. Prohibir la clasificación administrativa de cualquier población como "no prioritaria", obligando a justificar toda decisión de no atención con criterios públicos.
  3. Establecer un fondo de rescate para servicios públicos colapsados, con intervención integral en lugar de cierre o abandono.
  4. Instaurar la figura del gestor de reintegración para reincorporar al sistema formal a ciudadanos que el Estado dejó fuera de sus registros y programas.
  5. Condicionar la evaluación de todo gobierno regional a los avances logrados en sus distritos más rezagados, no solo en sus capitales.